Cambio de Vida

En muchas situaciones y circunstancias de nuestra vida, vamos a cambiar de opinión, y está bien, es válido hacerlo, porque es parte de ser ser humano, está en nuestra naturaleza hacerlo. Sin embargo, de alguna forma se nos ha enseñado a mantenernos siempre en la misma postura, y si se cambia de opinión, se puede llegar a ser muy criticado. Rompamos con ese estereotipo, porque lo que ahora creemos que es la verdad absoluta, más adelante podría ser completamente lo opuesto.

Cuando tenía 12 años, vi una noticia que me impactó: El asesinato de un niño de aproximadamente 2 años, efectuado por sus padres biológicos, fue entre 2003 y 2004, era menos común que ahora escuchar casos así. La justificación que en su momento dieron los padres fue que el bebé no dejaba de llorar y se desesperaron. Después lo enterraron en su patio trasero.

El caso me dejó helada y pensativa por días. Pensaba constantemente, ¿cómo era posible que alguien pudiera hacerle algo así a sus hijos?, ¿por qué situación estarían pasando para efectuar tal atrocidad?, ¿cómo yo, desde mi trinchera, podía hacer algo para ayudar tanto a personas en situaciones críticas, como a niños en situación de maltrato o violencia? Tenía 12 años, mis opciones eran muy limitadas, tanto por posibilidades, como por conocimiento y experiencia.

La solución más viable que encontré fue estudiar medicina, y especializarme en pediatría, para poder ayudar a los niños, para curarlos y asegurar su bienestar (insisto, pensamiento de una chica de 12 años). Pasaron los años y yo seguía con esa idea, era mi plan, entrar a la escuela de medicina. Cuando llegó el momento de hacer trámites para la Universidad, estaba en quinto semestre de prepa, y la Universidad a la que quería (y podía) ir, era la UDG. El puntaje era alto, 175 puntos en aquel entonces, sin embargo mi promedio de prepa era bastante bueno, por lo que solamente tenía que enfocarme en sacar un buen promedio en mi examen de admisión. Hice trámites por primera vez, y llegado el momento acudí a hacer el examen, sin embargo los resultados no fueron favorables, obtuve 173 puntos en total.

Debo admitir que me sentí muy triste, porque mi mejor amiga, quien iba para la misma carrera, sí pudo ingresar y era un sueño que teníamos juntas, pero no pasó por mi cabeza darme por vencida, así que decidí que lo volvería a intentar. Segundo intento y… nada, esta vez el puntaje mayor fue de 177, y yo apenas alcancé los 175. Una vez más la decepción y tristeza llegó a mí, sentía que se me estaba yendo el tren, veía a todos mis amigos ya en la Universidad, avanzando, y yo… estancada y pensando que tendría que esperar otros 6 meses para intentarlo. Mientras tanto, entré a una escuela de idiomas para estudiar francés ya que sentía que si no hacía algo “productivo” de mi vida, me estancaría. También ingresé a una escuela en donde me prepararían para el examen de admisión, sobre todo con temas de matemáticas, porque sentía que justo esa era mi parte débil. Al mismo tiempo, entré a trabajar a una empresa de ambulancias aéreas y terrestres. En mi clase de francés, conocí al dueño de la empresa, quien me invitó a trabajar como coordinadora de servicios, ¿qué era lo que hacía? Básicamente, atendía las llamadas, si era una emergencia, mandaba a los paramédicos al lugar, coordinaba el acceso al hospital y todo lo que fuera surgiendo en el camino. También, si el servicio era en ambulancia aérea, hacía lo mismo pero con el aeropuerto, hospitales, etc. Era un trabajo muy retador porque tenía que cuidar cada detalle y estar muy al pendiente de cualquier cosa para que todo saliera bien. Y naturalmente, mis compañeros de trabajo eran paramédicos, enfermeros, médicos y personal de salud en general (todo lo que yo quería).

Con el tiempo, me hice muy amiga de muchos de ellos, sin embargo, algo empezó a cambiar en mí, o tal vez, al estar inmersa en ese mundo, me empecé a dar cuenta de cosas que antes no veía. Cuando un servicio surgía, atendía a la persona que lo estaba solicitando, en muchas ocasiones, la persona al otro lado sonaba desesperada, ansiosa, triste, preocupada, y yo trataba de ser súper eficiente para poder ayudarla y evitar que su sufrimiento continuara, muchas veces, me quedaba en la línea con ellos para darles apoyo emocional, platicaba, los escuchaba, les daba ánimos o los actualizaba en el momento de la situación de su familiar o su ser querido.

Observaba también, que mis compañeros veían con bastante frialdad los accidentes o las situaciones de urgencia que atendían, y no porque fueran inhumanos o malos, simplemente al estar en ese ambiente todos los días, tenían que ser objetivos y actuar. Pienso que si en situaciones así, te dejas llevar por tus emociones, no se actuaría de manera adecuada y precisa. Con el tiempo comprendí que mi vocación no era estudiar medicina. Eso lo decidí cuando era muy pequeña, y mi objetivo principal era “ayudar”, pero mi alcance cognitivo en ese momento solamente me permitió pensar en Medicina, ya que era una de las pocas carreras que conocía y que se dedicaba a ayudar personas.

Cuando estaba en secundaria, nos hicieron un test vocacional rápido. Mis resultados me decían que tenía habilidades musicales, pero la sugerencia principal fue Psicología. En aquel momento no tenía idea de qué era, y sólo pensaba que yo no quería tratar “locos”. Todo esto resonó en mi cabeza cuando caí en cuenta, que esa era mi vocación, la manera en que quería ayudar a las personas, ¡podía hacerlo siendo Psicóloga! Y no se trataba de “tratar locos”, en ese momento entendí que la Psicología no tiene nada que ver con eso y que sólo era un mito del que se hablaba en aquel tiempo.

¡Tuve una epifanía! Entendí cuál era mi vocación, y entendí que las cosas pasaron como pasaron porque tenía que encontrar mi “IKIGAI” (más adelante hablaremos de esto, en instagram tenemos un post al respecto), gracias a que entré a trabajar ahí, llegué a conclusiones exactas respecto a mi futuro. Y aquí me tienen, siendo Psicóloga, con el amor y la vocación de ayudar y orientar.